Existen
infinidad de historias que hablan de ese otro mundo donde todos
vivimos a diario: los sueños. En comparación con la Astronáutica,
la Psicología recién ha descubierto su
rueda hace apenas un siglo y sus alcances, más que logros, siguen
siendo tentativas de un saber escurridizo. La exploración espacial
ha perdido el interés que supo tener en las décadas pasadas y sin
temor a equivocarme auguro un nuevo tipo de explorador espacial: el neuronauta.
El nuevo mundo siempre estuvo sobre nuestros hombros y para llegar a
él hay que atravesar las turbulentas aguas de los sueños, donde
todo, menos nosotros, existe. ¿Existe alguien en este planeta que
este preparado para la inexistencia?
La historia que transcribiré a continuación se llama Los
tres sueños de Aben Beitar y pertenece al libro World
by the World que fue editado por Taschen en el 2002. El
libro recopila poco más de 1000 relatos cuyo tema central son los
sueños de los grandes escritores de todos los tiempos. Según las
notas de referencia el relato es de autor anónimo, pero se cree que
pertenece a Ibn Abdhed, el más prolífico de los biógrafos del
Profeta. Más allá de su calidad literaria, me interesa la historia
de este “soñador” en tanto y en cuanto plantea el problema
central de los futuros neuronautas:
la dolorosa aclimatación.
La locura sólo es la imposibilidad de dicha aclimatación
a la inexistencia. Una de las voces de William
Shakespeare, el “monstruoso” Ricardo
III,
dice en uno de los momento
literarios de aclimatación
más conocidos de la historia: “...Estamos
hechos de la misma tela que nuestros sueños y nuestra corta vida
cercada de sueños está...”
Nada más que agregar.
Los
tres sueños de Aben Beitar
“...Mi
nombre es Aben Beitar. Ayer vivía en el Oasis de Al Ahmed, mi amo y
como todos los hombres (como tú)
elegí la noche y la soledad para descansar; pero soñé. Y
en mis sueños me convertí en un árbol: siendo una minúscula
semilla pronto comencé a precipitarme hacia las alturas y cuanto más
profundo se hundían mis raíces en la tierra, más arriba mis ramas
se proyectaban. Fui el orgullo del sol, el juguete del viento, la
razón de la lluvia. Y desperté. Afortunado, como todos los hombres
que abren los ojos en el Oasis de Al Ahmed (como tú), agradecí a
mi amo por el nuevo día que me obsequiaba y me dispuse a cumplir
con mis tareas, pero apenas dí un paso recordé mi bello sueño y
una profunda tristeza invadió mi corazón. Y no pude, no quise
(como tú) resistirme a su voluntad y nuevamente me acosté a dormir
y a soñar. Y soñé: aún más alto, aún más bello, fui el mismo
árbol que antes había sido y sin dificultades dí mis primeros
frutos y permití que los pájaros se alimentaran con él. Inéditamente,
fui feliz; y ya no quise volver a despertar. Una y otra vez abrí
mis ojos a lo largo del día y una otra vez me obligué a cerrarlos:
tan grato era ser un árbol, tan venturoso era sucederme en las
ramas y reducirme en un fruto que al fin, me olvidé de mis tareas,
me olvide de Al Ahmed y, por sobre todas las cosas, me olvidé de mí.
Pero como todos los hombres que vivían el Oasis de Al Ahmed (como tú)
irrevocablemente desperté. Y la noche se extendía a mi alrededor.
Y la luna brillaba sobre la arena. Y tuve sed y ya no había agua. Y
busqué el Oasis y ya no había Oasis. Y quise volver a soñar y ya
no había árbol...”
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